domingo, 20 de enero de 2019

Francia e Italia: de la rivalidad al antagonismo

Durante la cohabitación entre LREM y el PD Francia e
Italia no supieron colaborar para crear un eje latinomediterrano
en la UE alternativo a la hegemonía alemana 
A lo largo del último año hemos sido testigos de como Francia e Italia han sustituido la colaboración en sus relaciones por la competición primero y la rivalidad después. Si bien el Partido Demócrata (PD) italiano representó los orígenes ideológicos del europeismo transversal representado por La República En Marcha (LREM) de Enmanuel Macron, la realidad es que durante el año de convivencia que compartieron ambos gobiernos se estableció de todo menos la amistad y la colaboración por sus objetivos comunes teóricamente destinados a la construcción de una Unión Europea más abierta, avanzada y progresista. Durante 2017 y 2018 bajo los gobiernos de Enmanuel Macron y Paolo Gentiloni respectivamente Francia e Italia se lanzaron hacia una competencia feroz con el Mediterráneo y África como teatro de operaciones. En el Mediterráneo ambas potencias rivalizan por la hegemonía en la región, con el permiso de una Turquía que aún es incapaz de proyectar su poder más allá de sus aguas y una España que acepta pasivamente su papel secundario frente a Francia e Italia. Ambos paises deberían estar interesados en colaborar para asegurar la estabilidad en el Mediterráneo, mediante el establecimiento de regímenes democráticos estables y laicos pero la realidad es que actúan completamente por separado en Libia y Túnez, países claves no solo para la seguridad nacional de ambos sino de la Unión Europea en su conjunto. Así pues a nadie debería extrañar los resultados catastróficos de esta competición suicida en una Libia sumida en la anarquía y un Túnez extremadamente frágil. Dicha rivalidad también se hizo evidente en África cuando con motivo de la celebración de la última cumbre entre la Unión Europea y la Unión Africana cada uno se presentó en el continente africano por su lado, guardando sus respectivos intereses y con discursos absolutamente antagónicos pues mientras Enmanuel Macron viajó por África en clave europea y europeista en realidad Paolo Gentiloni viajó en clave absolutamente italiana con la petrolera ENI como punta de lanza de la proyección de poder italiano en África asegurándose para su país el suministro de petróleo. Pero ambos países no solo han rivalizado en el Mediterráneo y África olvidando su teórica colaboración ideológica en el seno de la UE frente al conservadurismo alemán de Ángela Merkel, sino que incluso han llegado a rivalizar dentro de sus propias fronteras cuando la empresa naval italiana Fincantieri, una de las puntas de lanza del tridente empresarial italiano junto con la petrolera ENI y la eléctrica ENEL, adquirió el astillero de la ciudad atlántica francesa de Saint Nazaire amenazando el recién llegado gobierno de Enmanuel Macron con su nacionalización para evitar su caída en manos italianas, alcanzándose finalmente un acuerdo en virtud del cuál el control del astillero se repartiría entre ambos países pero con Francia preservando el control mayoritario sobre el mismo. 

Durante el último año la anarquía libia que han sido incapaces de solucionar ambos paises supuso la afluencia de un masivo flujo de inmigrantes africanos que acabó desestabilizando políticamente a Italia trayendo un gobierno de extrema derecha al poder, formado por la antaño secesionista Liga Norte y el populista Movimiento Cinco Estrellas. Si la rivalidad se instaló en las relaciones entre Italia y Francia durante el último año de gobierno del PD esta ha sido sustituida por la enemistad, dado que el nuevo gobierno italiano no sólo posee una visión antagónica de Europa con respecto a Francia, sino que incluso ha tejido un vínculo continental centroeuropeo con todos aquellos países de carácter conservador o ultraderechista opuestos a la hegemonía francoalemana europea como Austria, Hungría, la República Checa y Polonia, llegando incluso momentáneamente a atraer al histórico socio regionalista bávaro de los democristianos alemanes, la CSU, hasta el extremo de hacer tambalear al gobierno de Ángela Merkel. Tanto la Liga Norte como el M5S pero especialmente la LN han puesto todas sus esperanzas en las próximas Elecciones Europeas para lograr hacerse con la hegemonía de unas instituciones europeas que ya no quieren abandonar sino ocupar. Pretenden lograrlo galvanizando a todo el electorado europeo de extrema derecha con la exaltación del antagonismo a Macron como icono contando para ello con la inestimable colaboración de la potente corriente ultraderechista francesa representada por el Frente Nacional de Marine Le Pen, llegando al extremo de inmiscuirse en los asuntos internos del país galo animando al movimiento rural de los chalecos amarillos en su lucha contra LREM. Si triunfan Italia no solo mantendrá sino incluso aumentará su influencia sobre la UE pero en un sentido dramáticamente distinto en el que ha venido ejerciendo históricamente dicha influencia, pero si pierden Italia no solo verá reducida dicha influencia sino incluso volatilizada deviniendo absolutamente irrelevante. Mientras tanto, en el Mediterráneo el nuevo gobierno italiano se ha mostrado tan incapaz como su antecesor frente a Libia terreno en el que Macron sigue sin avanzar, pero ha logrado reducir notablemente el impacto del flujo migratorio sobre Italia cerrando sus puertos a los barcos de salvamento marítimo de las ONG que tampoco han encontrado refugio en Francia. Con este logro la LN y el M5S lograrán convencer a los italianos de las bondades de sus políticas migratorias trazando un nuveo vínculo mediterráneo con el gobierno ultraconservador israelí de Benjamin Netanyahu pero... ¿convencerán a los europeos de que sus valores son mejores que los de Macron? 

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